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A 11 días de la tragedia del Metro, así se vive en la zona cero (CRÓNICA)

Como sucede siempre cuando ocurre un sepelio, después de que todos se van tras dar el pésame, solo queda la desolación. Algo así se siente en la alcaldía Tláhuac con el ir y venir de camiones atiborrados de personas con gesto de hastío y desesperación, personas con un cubrebocas que sin sana distancia tienen que cruzar toda la ciudad para llegar a su destino tras el derrumbe en la Línea 12.



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Los trolebuses y camiones son insuficientes en al menos tres puntos cruciales del día; y aún así, la gente debe hacer “de tripas corazón” para sortear todos los obstáculos que posee la vía que logra comunicar a los que residen en Milpa Alta, Xochimilco y Tláhuac -Tulyehualco, Zapotitlán, Tlaltenco, Santa Catarina Yecahuizótl, Mixquic, San Juan Ixtayopa -pueblos originarios de la demarcación del oriente de la Ciudad de México-; pero también a los que viven en Chalco y zonas aledañas.

“¿Eso sigue siendo CDMX? ¿Ya es el estado, no?”, escuchabas decir con frecuencia a las personas que nunca imaginaron que un transporte se volvería tan vital e importante para los poco más de 367 mil usuarios diarios que la Línea 12 acercaba a “la ciudad” a “la civilización”.

asi se vive en la zona cero línea 12
Fuente: Alejandra Chavarría / @Grupo Fórmula

Dentro de la sabiduría y las costumbres populares, muchas personas indican que lo más doloroso de una pérdida llega justamente cuando todos se han ido, cuando solo queda la tragedia, el dolor y la desolación. Y algo así ocurrió con este fatídico “accidente” que acabó con la vida de 26 personas y llenó de dolor no solo a 26 familias, lleno de tristeza a todo un país que durante casi cuatro días se mantuvo expectante ante cualquier actualización sobre ese tren que terminó partido en dos, pendiendo de una vía, entre cables, escombro, sueños rotos, dolor y un instante en el que la vida se fue para 26 personas.

A 11 días de la tragedia, las cosas comienzan a tomar su curso anterior. La gente sale más temprano que antes para tomar su transporte y llegar a tiempo con tal de no perder el bono de puntualidad que hace tan solo unos meses se retomó tras meses de inactividad por la pandemia, de nuevo, la gente pasa más de tres horas en un transporte en un trayecto que antes quizá no pasaba de un hora y minutos.

“Al gobierno no le importamos, solo se acuerdan de nosotros cuando hay elecciones”,”Uno partiéndose el lomo para que se caiga el metro y te mate”, “Yo solo decía que un día se iba a caer el metro, pero nomás de broma…”, son algunos de los comentarios que la gente expresa mientras viajan apretados, hartos,

Cuando todos se van, solo queda la soledad…

De este lado de la ciudad, ese al que muchos consideran más campo que “civilización” puedes preguntar, y más de uno te responderá que sí, que sabía, conocía o de alguna forma tenía un vínculo con esa persona que perdió la vida e fatídico 3 de mayo, pasadas las 11, justo cuando el viaducto elevado se desplomó e impidió que el tren llegara a la estación Olivos.

“Fue el estado”, “Es culpa de Vite”, “Ebrard ratero”, “Próxima estación: Justicia”, “Sheinbaum asesina”, son las frases que se leen en las columnas vandalizadas de una estructura que en medio de Avenida Tláhuac quedó como reconocimiento a la negligencia, la corrupción, el olvido.

El hartazgo es generalizado y para conocerlo no hay nada como vivirlo; nada como notar esos gestos inconformes, esa tristeza, esa necesidad de ser escuchados, de tener justicia, de no seguir escuchando las falsas promesas de los futuros candidatos que buscan el puesto en una alcaldía que quedó en medio de una dolorosa incertidumbre.

Y justo ahora, que los medios ya no están, que las cámaras se fueron, que las autoridades solo mandan condolencias y palabras de aliento desde sus conferencias virtuales, que los deudos siguen peleando no solo con su luto, también luchan por recibir una indemnización que parece poco -o nada- cuando falleció tu hijo de 12 años, tu hija que solo fue de compras o tu padre, el que sostenía a dos hijos y ahora quedaron huérfanos.

Poco a poco remueven el escombro, las varillas destrozadas, el acero hecho añicos, las pertenencias que salieron volando como proyectiles, Tláhuac es una herida abierta que tardará mucho en sanar

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